La conciencia de la muerte

Claudio Naranjo nos habla de la conciencia del ser…

La función del ser humano


Nacer, vivir y morir, es lo más común. Entre lo primero y lo último existen variantes: desde vivir la vida en total ignorancia y ausencia de cuestionamientos, hasta vivirla en una constante búsqueda de comprensión profunda de la función de cada ser humano en este planeta.
De todo lo que ya fue transmitido desde las épocas primitivas, cuando el planeta era apenas habitado, hasta los días de hoy, varios misterios se fueron revelando, algunos científicamente comprobados, otros aceptados (por algunos) como explicaciones provenientes de experiencias, revelaciones, visiones.
Hasta la actualidad no se ha llegado a un denominador común que satisfaga a todos, y al que probablemente no se llegue nunca. Tal vez el mantenimiento de determinados asuntos, como vivencias que el ser humano no tiene la capacidad para alcanzar, sea justamente, lo que permite la constante evolución del espíritu.
Yo no soy una persona erudita, ni tampoco una investigadora, o alguien que siente una necesidad apremiante de revelar misterios, o desvelar secretos. En verdad, la frase tan conocida en la tradición Sufí –“el secreto se protege a sí mismo”—siempre me pareció una tesis incuestionable, y que solamente se comprueba cuando no hay más necesidad de comprobarla. O sea, en el momento en que el secreto se desvela, es ciertamente porque la persona ya está preparada para recibirlo y mantenerlo como parte de su experiencia de vida.
Por lo tanto, soy una persona común y corriente, pertenezco a la gran mayoría que habita el planeta transitoriamente, sin ninguna pretensión de saber más de lo que permita mi cuota de capacidad.
Justamente por pertenecer a la gran mayoría desconocida, quiero abrir este tema tan amplio de una forma simple y que pueda crear eslabones de comunicación en la búsqueda común, en los interrogantes que tenemos, en las experiencias vividas y en los anhelos que nos pueden unir.
Tenemos solamente dos certezas en la vida: que caminamos inexorablemente hacia la muerte y que no sabemos cuándo ni cómo la encontraremos. A partir del nacimiento la cuenta regresiva comienza.
Supongo que justamente por esa certeza de no saber, por el hecho de tener que convivir con esa angustiante certeza, la mayoría decide enterrarla, manteniéndola lo más distante posible de la conciencia.
Convivo constantemente con otra enseñanza Sufí: “estar en el mundo, sin ser del mundo.”
Esas pocas palabras engloban todo.
Saber estar completamente presente y entregado, y al mismo tiempo dispuesto para partir sin llevar nada consigo.
Desde muy temprano creamos vínculos afectivos, y en algunas situaciones éstos comienzan a tornarse apegos que producen carencia en vez de abundancia. Estas carencias muchas veces buscan compensaciones de tipo material, como por ejemplo, imaginar que tener cosas va a llenar vacíos afectivos y existenciales. El resultado termina siendo la sustitución del ser por el tener.
Cualquier tipo de sustituto del ser es un saco sin fondo que produce algunos momentos de satisfacción que muy rápidamente nos lleva a continuar intentando llenar el vacío, sólo que, en lugares equivocados (con cosas, personas, ilusiones, fantasías).
Una vez vi un poster que me tocó mucho y lo tengo en mi casa en un lugar constantemente visible. Dice así: “Algún día, indefectiblemente, has de encontrarte contigo mismo, y solo de ti depende que sea la más amarga de tus horas o tu momento mejor.
Di mil vueltas a esa frase a lo largo de los años, y llegué a la conclusión de que la vida es un palco en donde cada ser humano es el protagonista de la obra que se desenvuelve desde el nacimiento hasta la muerte. Hacer de ese espectáculo una realización es poder llegar a vivir cada escena aprovechando, de la mejor forma, los encuentros con otros protagonistas de otras obras, atravesando la ignorancia, la mediocridad, la prepotencia, errando, cayendo, aprendiendo con los errores, levantándose una y otra vez. Siendo capaz de mirar en el espejo que siempre está delante — sea reflejando el propio rostro o los encuentros y desencuentros — y finalmente, con mucha perseverancia, obtener la dádiva de encontrarse con la propia alma.
Decía Gurdjieff — un gran maestro espiritual del siglo pasado — “no nacemos con alma, tenemos que conquistarla.”
Los encuentros entre personas son siempre oportunidades para avanzar, o también situaciones en las que retrocedemos, o aún en las que permanecemos estancados.
Los encuentros se dan cuando la posibilidad de expresión, sea cual fuere, ocurre. Expresión ésta que lleva consigo la intención de mostrar lo que cada uno siente, piensa y quiere (o no quiere), alineada con la acción correspondiente.
Eso significa tan sólo retirar máscaras que comúnmente están presentes como defensas. También es cierto que el encuentro sucede cuando la disponibilidad es mutua. Aunque también es cierto que el esfuerzo individual no sólo es válido sino que también permite aprendizajes a través de la aceptación de que determinadas situaciones no pueden ser cambiadas a partir del querer individual.
Por lo tanto, retornando al tema central – la función del ser humano.
De forma bastante sintética, podemos decir que lo más central es poder ser verdadero consigo mismo y, en la medida de lo posible, con los demás, pues – como todos sabemos desde Sócrates — “la verdad nos libertará.”
“En la medida de lo posible” significa saber escoger (o ser escogido por) personas con las cuales queremos mantener relaciones intimas saludables y cultivadas a lo largo del tiempo.
En estas relaciones pueden ocurrir, y frecuentemente ocurren, encuentros verdaderos que comprueban la presencia innegable de “algo más” que, a su vez, permite al ser humano reconocer su aspecto divino, confirmando uno de los mensajes en la Biblia: “cuando dos o más personas se encuentran EN MI NOMBRE, YO estaré entre ellas.”
Es también posible este mismo reconocimiento de ese “algo más” en otras circunstancias, tales como resultados de profunda introspección que desemboca en revelación. No obstante, la comprobación de que la experiencia solitaria esté integrada y en ascensión, ocurre cuando la persona vivencia relaciones interpersonales que ponen a prueba las experiencias reveladoras.
Finalizando estas reflexiones, puedo decir que la función del ser humano se realiza a partir de la conciencia adquirida y desarrollada de que no es una máquina que repite ininterrumpidamente las instrucciones que le fueran impuestas e impregnadas por las referencias e influencias de su entorno. Nuevamente citando a Gurdjieff: “una máquina que sabe que es máquina, ya no es una máquina.”

Suzy Stroke. (Diciembre de 2009)

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